La sala comenzó a vibrar intensamente, los altavoces retumbaban y hacían estremecer aquellas jóvenes carnes en movimiento, histéricas, coléricas, hambrientas y sedientas de deseo, un deseo inmoral, necesitadas de Rock & Roll. Sus bocas se abrían frenéticamente, gritaban fervientes, ardientes, deseaban recorrer su cuerpo con sus lenguas húmedas, sentir el calor y el sudor, fundirse con él, vibrar apasionadamente con aquel ídolo de masas, aquella fiebre que solo se podía curar con el sexo frenético de una época conservadora, puritana y casta que anhelaba la libertad. Cientos de pupilas se dilataban contemplando aquellos movimientos pélvicos que la censura norteamericana evitaba retransmitir por las televisiones locales.
Aquel día las hermanas Sue, regresarían a casa con uno de sus sueños cumplidos, contemplar aquél ser humano que irradiaba una extraña sexualidad desbordada.
Había merecido la pena el salir a hurtadillas, escapando fugaces de aquella casa en el condado de Misisipi, para dejar a un lado las ondas radiofónicas y los vinilos de las jukebox y poder inmortalizar en primera persona una vivencia que jamás olvidarían… al igual que la tremenda paliza a base de correazos que les propinaría su honrado padre.
