lunes 20 de junio de 2011

Al trote

El cielo se  expandía al instante en el que el coche se alejaba de aquella aldea que me había visto crecer. El sonido de los cascos al chocar contra el suelo y aquella ténebre iluminación producida por la luna llena, me mantenía expectante por no hablar de la fría brisa que penetraba por cada recoveco de aquel carruaje. Me aferré a mi viejo maletín, el mismo que había pertenecido a mi padre, años atrás, el cual había quedado tal cual lo había dejado mi abuelo, y que ahora pasaba a mis manos, intentando así remendar una generación, cumplir con la tradición familiar que había quedado estancada por desatinos del destino quedando mi abuelo sin poder ver a su hijo continuar como medico ni tampoco verme a mí, cumpliendo aquel sueño familiar, tomando el relevo de aquellos esfuerzos, estudios y noches sin dormir pero al mismo tiempo de placeres que ocasionaba al ver sanar a un paciente.
El postillón detuvo los caballos, me indicó que ya habíamos llegado, e intentó ayudarme con el equipaje, cosa que impedí súbitamente denegándole total contacto con mis maletas,  me excusé aludiendo que el contenido que portaba en ellas, era material quirúrgico frágil y que si se dañaba ponía en peligro la vida de unos cientos de personas. El cochero se encogió de hombros sin comprender una sola palabra de lo que le había dicho.
En el bolsillo interior de mi chaqueta, guardaba la carta de recomendación que me había proporcionado mi madre. Escrita en una caligrafía exquisita por el Doctor don Felipe del Ciprés, un reputado y viejo medico de Madrid que fue compañero de estudios con mi abuelo, cuando aun eran dos jóvenes mozuelos, sin ninguna experiencia en la vida, más que meras ilusiones y conceptos aprendidos sin llevarlos a la práctica, a la espera del momento álgido en el que poder demostrar con maestría lo aprendido.
La fonda era un lugar tranquilo, sin gentes y por la cordialidad de su propietaria  Eugenia, un lugar poco transitado. Se sentía algo sola a pesar de mostrar continuamente una amplia sonrisa, dejándome a relucir que había perdido a su marido hacia cosa de dos años y que desde entonces el negocio no funcionaba y le ocasionaba más disgustos que otra cosa. Su único hijo se había casado hacia unos meses y ahora residía en Lugo, y apenas se carteaba con ella.
Eugenia de aspecto rechoncho, que pese a sus amplios ropajes, se vislumbraban sus múltiples pliegues carnosos. De mejillas aceitosas y coloradas, frente amplia y ojos chispeantes, vidriosos que no ocultaban maldad alguna, pero sí una picardía morbosa y acida que llamó mi atención. En general un hembra jovial de buena envergadura, voluminoso trasero y una  buena grupa, a la espera de un jinete. Aquella misma noche de luna llena,  me sirvió un formidable guiso, acompañado de un par de pintas de vino tinto, que maceraban en aquellas tierras, de dudoso paladar pero que me hizo aposentar mi estomago y desinhibir mi mente, quizás sin el fulgor del vino no me hubiese sentido atraído por la oronda tabernera, a decir verdad poco me importaba dada mi situación sentimental, soltero y sin compromiso alguno. Se introdujo en mi alcoba, desprovista de todas las prendas, me besó, fue un beso húmedo, de amargo sabor, sus ojos aun más encendidos, resplandecían con fiereza a la luz de aquella luna lechosa.
Así fue aquella noche, troté a lomos de aquella mula, que me hizo perder todo norte.