Le gustaba pasar las horas regando y contemplando su pequeña selva amazónica. Dos metros por treinta centímetros de balcón. La botánica le relajaba de manera incipiente, tanto es así que podía pasarse media vida en aquel angosto espacio, a pesar del fondo exterior, edificaciones grisáceas de cemento, colmenas apiladas, o como a él le gustaba llamarlas, nichos para vivos. Pero sus pequeñas clorofílicas le proporcionaban la libertad y espacio que no tenia viviendo en aquella deplorable ciudad. Con un trabajo de mierda y un sueldo aun peor, era a lo más que podía aspirar.
Mientras sus ojos se recreaban en cada uno de los tiestos allí diseminados, su mente hacia un recorrido a los tiempos pasados, tiempos en los que la peseta aun estaba presente, en los que el dinero se podía ahorrar, administrar. Tiempos pasados en los que compartía su presente junto a María, mientras vivían en aquella confortable casa a las afueras de la ciudad. Pasaban horas contemplando su vasto campo de nabos, viéndolos crecer, alimentándose con ellos unas veces, y otras integrándolos en sus fantasías y juegos sexuales más íntimos. Lujuriosas noches entre hortalizas regadas en sudor y jugos sexuales, noches que ya no volvería a sentir, ahora se daba cuenta de la pérdida definitiva de María. Su fragancia natural, su mirada en pleno éxtasis mientras jadeaba su nombre con aquella pasión, a nada comparable.
Ahora tan solo eran recuerdos difuminados que regaba a diario, mientras su visión se sumergía en aquellas plantas que la sustituían.
