La lastima le recorrió por la mente, entristeciendo los músculos de su rostro, como el semblante apesadumbrado de un famélico perro vagabundo, que no tiene nada que llevarse a la boca. Mariano, de esta guisa se sentía. Mariano el último de su promoción de nobles jugadores, que recorría la ciudad nocturna de timba en timba, muchas veces perdiendo y otras no tantas, ganando. En una época en la que el dinero y el empleo brillaban por su ausencia, Mario fundía sus ahorros en apuestas y diversos juegos de azar, no había que jugársela de esa manera, pero Mariano no atendía a esas razones porque las ganas de jugar eran más fuertes y bien le sabía el correr de la adrenalina por el cuerpo. Así era como disfrutaba segregándola por lo prohibido. Ahora ya nada tenía sentido, fracasado y en el olvido de todos aquellos sueños imposibles que jamás llegó a realizar. Aquel era su mayor castigo, se sentía castrado por una sociedad extraña y ajena a él, donde la vida había perdido el encanto de aquellos tiempos difíciles y pasados.
Caminaba encorvado rumbo a que le diesen de comer gratis. La sombra de Mariano se encontraba a veces a sus espaldas, a veces delante de él y, de vez en cuando, desaparecía y se perdía entre las luces, pero luego reaparecía y se prolongaba de nuevo. Era una sombra alargada, curvada hacia delante.
Larga cola al comedor social, diversos tipos añejos, enjutos, estrafalarios, compiten a ver quien habla más locuras a viva voz. Mariano observa con desinterés sin síntoma de sentimiento alguno hacia esas personas, con las que tiene mucho más en común de lo que en realidad el cree o quiere admitir.
Unos berridos furiosos salen del interior, parecen reclamar más vino y menos pan, providentes de una voz ronca y grave, como la de un cantante de punk. La voz va precedida por otro grupo de voces que tratan de calmarlo, no se distingue mucho más y las voces van extinguiéndose lentamente por los pasillos.
Era la segunda semana que acudía a aquel comedor, pero le parecía como si llevase toda la vida comiendo entre aquellas personas, observando sus mismas caras día tras día. Llegó su turno, tomó la bandeja entre sus temblorosas manos y comenzaron a servirle lo que para él eran apetecibles manjares a lo que en realidad era, pura bazofia para muertos de hambre.
Su mujer una brasileña de armas tomar, le había abandonado hacia tan solo un par de meses, por su adicción al juego y no tener ni tan siquiera para una barra de pan diario, para llevarse a la boca. Derrochaba los 400 euros de pensión que el gobierno le proporcionaba, en las timbas clandestinas. Así que su mujer Samanta, poco antes de abandonarlo, decidió comenzar la carrera más antigua del mundo, mientras Mariano seguía apostando y derrochando, sin importarle nada más que el juego y las apuestas.
Mientras caminaba a pasos cortos, de esos en los que no queda nada de esperanza, un tipo alto y desgarbado de nariz ganzúa y mirada desquiciada, salió a su paso provocándole una estrepitosa zancada lanzando por los aires el manjar que portaba. Mariano inclinó la vista hacia la bandeja y la comida que yacía por el suelo desperdigada, se agachó y tomó el tenedor entre sus dedos y en un ágil y rápido movimiento le asestó un tenedorazo en el ojo izquierdo de su maltrecho enemigo. Un alarido desgarrador apagó repentinamente el bullicio en la sala, los presentes expectantes y boquiabiertos observaron la escena. La sangre emanaba de la herida, que trataba de cubrir con ambas manos, mientras se revolcaba por los suelos. Varios de los presentes comenzaron a vitorear a grito pelado, a lo que se unieron el resto de los congregados, golpeando en sus mesas con vasos y cubiertos, un coro demencial y caótico, invadía aquel comedor. Una puerta se abrió de golpe, y de ella un sorprendido y asustado vigilante de seguridad, con los pantalones a medio subir, que al oír el escándalo dejo a medio hacer su hora “oldbrain”.
Mariano alarmado y viendo que el coro de ojos le incriminaban directamente a él, decidió poner pies en polvorosa, con el estomago vacio, pero repleto de una inexplicable furia desatada, que invadía todo su ser, mientras aquel desdichado permanecía en el suelo desangrándose y lamentándose, mientras nadie hacia nada más que contemplar la dantesca representación.
El vigilante tropezó torpemente con el cinto, mientras Mariano corría a todo gas, escapando del lugar, hacia las sombras de la ciudad.
Su vientre rugía, el hambre nunca lo había llevado bien, trató de relajarse y no pensar en lo que había sucedido. Recordó que aún no habían cerrado el supermercado del barrio y que cerca de éste había una puerta, de la que en alguna ocasión había visto salir de ella a personal del mismo, lanzando comida en bolsas aun sin desprecintar, con un poco de suerte se llevaría algo a la boca que poder mascar.
Caminaba encorvado rumbo a que le diesen de comer gratis. La sombra de Mariano se encontraba a veces a sus espaldas, a veces delante de él y, de vez en cuando, desaparecía y se perdía entre las luces, pero luego reaparecía y se prolongaba de nuevo. Era una sombra alargada, curvada hacia delante.
Larga cola al comedor social, diversos tipos añejos, enjutos, estrafalarios, compiten a ver quien habla más locuras a viva voz. Mariano observa con desinterés sin síntoma de sentimiento alguno hacia esas personas, con las que tiene mucho más en común de lo que en realidad el cree o quiere admitir.
Unos berridos furiosos salen del interior, parecen reclamar más vino y menos pan, providentes de una voz ronca y grave, como la de un cantante de punk. La voz va precedida por otro grupo de voces que tratan de calmarlo, no se distingue mucho más y las voces van extinguiéndose lentamente por los pasillos.
Era la segunda semana que acudía a aquel comedor, pero le parecía como si llevase toda la vida comiendo entre aquellas personas, observando sus mismas caras día tras día. Llegó su turno, tomó la bandeja entre sus temblorosas manos y comenzaron a servirle lo que para él eran apetecibles manjares a lo que en realidad era, pura bazofia para muertos de hambre.
Su mujer una brasileña de armas tomar, le había abandonado hacia tan solo un par de meses, por su adicción al juego y no tener ni tan siquiera para una barra de pan diario, para llevarse a la boca. Derrochaba los 400 euros de pensión que el gobierno le proporcionaba, en las timbas clandestinas. Así que su mujer Samanta, poco antes de abandonarlo, decidió comenzar la carrera más antigua del mundo, mientras Mariano seguía apostando y derrochando, sin importarle nada más que el juego y las apuestas.
Mientras caminaba a pasos cortos, de esos en los que no queda nada de esperanza, un tipo alto y desgarbado de nariz ganzúa y mirada desquiciada, salió a su paso provocándole una estrepitosa zancada lanzando por los aires el manjar que portaba. Mariano inclinó la vista hacia la bandeja y la comida que yacía por el suelo desperdigada, se agachó y tomó el tenedor entre sus dedos y en un ágil y rápido movimiento le asestó un tenedorazo en el ojo izquierdo de su maltrecho enemigo. Un alarido desgarrador apagó repentinamente el bullicio en la sala, los presentes expectantes y boquiabiertos observaron la escena. La sangre emanaba de la herida, que trataba de cubrir con ambas manos, mientras se revolcaba por los suelos. Varios de los presentes comenzaron a vitorear a grito pelado, a lo que se unieron el resto de los congregados, golpeando en sus mesas con vasos y cubiertos, un coro demencial y caótico, invadía aquel comedor. Una puerta se abrió de golpe, y de ella un sorprendido y asustado vigilante de seguridad, con los pantalones a medio subir, que al oír el escándalo dejo a medio hacer su hora “oldbrain”.
Mariano alarmado y viendo que el coro de ojos le incriminaban directamente a él, decidió poner pies en polvorosa, con el estomago vacio, pero repleto de una inexplicable furia desatada, que invadía todo su ser, mientras aquel desdichado permanecía en el suelo desangrándose y lamentándose, mientras nadie hacia nada más que contemplar la dantesca representación.
El vigilante tropezó torpemente con el cinto, mientras Mariano corría a todo gas, escapando del lugar, hacia las sombras de la ciudad.
Su vientre rugía, el hambre nunca lo había llevado bien, trató de relajarse y no pensar en lo que había sucedido. Recordó que aún no habían cerrado el supermercado del barrio y que cerca de éste había una puerta, de la que en alguna ocasión había visto salir de ella a personal del mismo, lanzando comida en bolsas aun sin desprecintar, con un poco de suerte se llevaría algo a la boca que poder mascar.
Agazapado en los bajos de un destartalado coche recordó los días pasados apostando en las carreras, mientras observaba a los jinetes en sus jamelgos debatirse en la pista, mientras bebía una refrescante cerveza de importación, con un sabroso perrito caliente para matar el gusanillo.
-¡Eh tú! –Vociferó una ajena voz que le devolvió al planeta de los vivos, dando un respingo, apretando dientes y puños con fuerza –“mierda me han encontrado”- pensó.
-¡Compadre! ¡Compadre! ¡Eh tú compadre! –aulló de nuevo aquella voz tras las sombras.
-¿Qué pasa? ¿Es a mí? –preguntó Mariano entornando los ojos tratando de reconocer aquella silueta oculta en la noche. La sombra se hizo cada vez más visible realzando sus facciones cada vez más iluminadas, por una farola cercana, mostrando una fisonomía que creía que jamás en la vida había visto.
-¡A ti! ¡Sí! ¡Compadre! ¿No me oyes?
-¡joder! Como para no oírte… ¿pero quién diablos eres?
-Soy yo, tu compadre ¿acaso no me recuerdas?
Mariano le echó una mirada de cal viva que llegó a lo más hondo de aquel extraño individuo. De pronto levantó la mano y le cruzó la cara con la palma abierta. Parecía él más sorprendido que Mariano por lo que había hecho, sus ojos mostraron desconcierto y Mariano ni se inmutó, ni tan siquiera se llevó las manos al rostro a pesar del fuerte bofetón, doloroso e imprevisto del lunático personaje.
-¿Te acuerdas ahora de mí, compadre?
-¡Serás canalla! ¡Menudo ostión me has arreado por el morro! ¡Te voy a matar! ¡Hijo de mil padres! –gritó Mariano cargado de una cólera contenida durante años.
El peculiar individuo, se echó, mano al bolsillo interior de su abrigo, e hizo un gesto de que empuñaba un arma de gran calibre.
-¡Retrocede Satanás! Como te acerques un milímetro… te dejo seco. ¿Entendido compadre?
-¡Esto es de locos! ¡Me agredes por la cara y encima quieres tener la razón! ¿Pero esto qué es?
-¡Compadre! Recapacita con calma, recuerda quien soy…
-No te conozco de nada, ni tú a mí, ¡estas colgado! –dijo Mariano, mientras sus pies de forma mecánica, comenzaron a moverse en dirección opuesta al importunado personaje, que observaba su huidiza y cobarde acción con una mueca de desaprobación.
-¡No huyas compadre! –gritó mientras de su bolsillo mostraba lo que con tanto ahínco había estado ocultando, un enorme consolador negro – ¡Éste no es nada comparado con el que tengo preparado!- gritó furioso mientras se agarraba con la otra mano su entrepierna.
Mariano cabalgó como un jamelgo desbocado. Mientras corría, por su cabeza volvieron los alejados recuerdos de su vida de casado, de cuando una noche Samanta, le había propuesto jugar con un venoso consolador vibrador, queriendo anidar en el estrecho recto sin depilar de su perplejo marido. -¡Qué manía tenía todo el mundo en quererle profanar el santo orificio anal! –pensó, mientras se refugiaba en un cajero automático, comprobando que había dado esquinazo a su persistente perseguidor. Entró en el interior, se sentía exhausto, agobiado pero al mismo tiempo frenético, toda aquella adrenalina acumulada, le provocaba un ligero y recóndito bienestar que no había sentido desde que apostaba en las carreras, quizás había descubierto un nuevo modo de disfrutar la vida. Cavilando sobre todo aquello se acurrucó en una esquina, donde el calor parecía concentrarse dejándose llevar, quedó inmerso en un cálido y profundo sueño del que jamás llegaría a despertar.
