Cargaba una gran bolsa de pan duro, mientras la acompañaban a modo de escoltas, tres perros de diferentes tamaños y razas desconocidas, por ser hijos de mil leches, de los cuales jamás se separaba. Mientras caminaba divagaba oralmente sobre las cuestiones que tanto la preocupaban, las malas dotes políticas y presidenciales del talante prohibitivo del remendón de zapatos, al cual tenía un odio superior que el que podía tener un judío contra Adolf Hitler. Todos la tomaban por chiflada, su estrafalaria forma de ver la vida tenía la culpa de aquella etiqueta impuesta.
Conchita nació y creció en un pequeño pueblecito de tierras mañas, la cuarta de siete hermanos que ya apuntaba maneras por sus actividades y formas, de la cual ya decían que le faltaba un hervor y que la marcó siendo una mozuela.
Dejó a su familia cumpliendo la mayoría de edad, deambulando por Marbella e Ibiza. Alma bohemia que acabó probando un sinfín de drogas psicodélicas, perjudicando de esta manera su exigua salud mental.
Vivió de múltiples trabajos, desde camarera, hasta gogo de discoteca, llegando incluso a cuidar a pequeños mocosos adinerados, trabajo que le duró más bien poco, por sus consejos y enseñanzas nada aconsejables a niños de tan tierna edad, cosa que provocó la furia de los padres, un matrimonio Ibicenco de gran estatus social y económico, librándose por los pelos de ser denunciada. Luego entró a formar parte en la plantilla de una cadena de supermercados, como reponedora, que tampoco cuajó, por sus pequeños hurtos e ideas propias sobre la alimentación gratuita a los más desfavorecidos, como los pedigüeños o familias sin ningún poder adquisitivo, con lo que irremediablemente fue despedida y entró a formar parte en la mayor oficina de desempleados a la espera de otro empleo del cual la pudiesen despedir y continuar con su laboriosa reputación.
Conchita y sus perros Vivian en una ciudad dormitorio, desde hacía diez años, en un modesto piso de 30m que le arrendaban por un módico precio. Sus vecinos sintiendo lastima de ella, le preparaban cacerolas y tapes con guisos y sobras de cada casa, que compartía con sus tres divinos acompañantes caninos. Sus hermanos eran los propietarios del piso donde vivía, más por lástima que por caridad, y por el testamento de su difunta madre, en el cual y a sabiendas de las peculiaridades de su hija, dejó constancia para salvaguardarla de quedar en la calle.
En el parque, las palomas se amontonaban bajo sus pies, a la espera de la rica limosna diaria de pan duro. Exceptuando los días de lluvia, que se refugiaba en su piso, en el que no disponía ni agua, ni luz, ni gas. Por ésta razón desprendía un olor “natural” que provocaba imprevistas arcadas al que se le acercaba y otros simplemente desaparecían en desbandada, de esta manera la dejaban hacer en su mundo, con su pan duro, sus palomas, sus perros y su demencia.