Despuntaba el alba y tenía que tomar el tren, mi estomago crepitaba como un volcán en erupción a aquellas horas tan tempranas, necesitaba una buena ración, así que cuando llego lo tome, y mis batientes mandíbulas lo desgajaron voraces en cuestión de milésimas de segundo. Una vez digerido y hecha la digestión pertinente, espere al siguiente y me subí.
Me senté cerca de la ventanilla, el paisaje pasaba frente a mis ojos, frenético, mientras que el cielo permanecía fijo, estanco, los edificios galopaban exhaustos, pero sin amontonarse los unos con los otros, era una lucha constante.
El tren permanecía varado, al igual que el cielo que dejó de ser azul, para transmutarse en un intenso lila berenjena.
Un tipo de chaqueta azul, pantalón azul, camisa blanca y corbata roja, se aproximó hacia mi persona.
-¡Su billete por favor! –reclamó con cara de payaso de circo.
-No tengo billetera, solo monedero…
-¿De cuantas monedas dispone?
-De todas o ninguna-le contesté con cara de chimpancé.
-Bien, puede usted continuar –me dijo con una estúpida sonrisa. Se alejo de mí y se acercó a otro tipo que reposaba en el suelo, tejiendo un fular de lana, de color grana y verde pistacho y marrón calamar.
El tipo dejó de hacer punto y abrió su maletín. Extrajo de él un bate de béisbol, practicó diversos golpes sobre la cabeza del tipo, la sangre salpicó paredes y asientos, dotándolos de una magistral composición artística. Guardó el bate no sin antes acicalarlo adecuadamente, lo lustró con un pañuelo de seda fina y crujiente con las iniciales D.G. bordadas en oro cobalto.
Se apeó en la siguiente parada saludándome cortésmente y lazándome la bufanda recién terminada, la tomé entre mis manos y decoré mi cuello con ella.
Una voz ronca anunciaba las paradas, retumbaba como de ultratumba, similar a la voz del exorcista bebiéndose un carajillo de Alejandro magno.
Anunció mi parada y vomitó salpicando al resto de pasajeros que se masturbaban al compás, rítmicamente con frenesí.
Bajé del tren y caminé largo rato por las vías, dando saltitos caprichosos como Doroty y sus amigos, el espantapájaros, el hombre de hojalata y el león sin valor. Llegué a la próxima estación, topé con el mismo tren, había pinchado rueda y estaban buscando la de repuesto. Advertí que las manchas de sangre de la ventanilla ahora se habían multiplicado conjuntamente con el vomito verdoso y el esperma colectivo.
Fuera en la estación, nevaba, pero no hacía calor, el frio se apoderaba de mis entrañas, tenía que buscar unas nuevas, no podía presentarme en la reunión de cantores afónicos sin ellas. Así que llamé a un taxi con señales de humo, raudo y veloz apareció.
El taxista tenia porte de soprano con algo de leñador, seguramente serian sus otras profesiones. Me invitó a un vino tinto con gaseosa y unas tapas de iguana fresca.
Me dejó en la tienda de objetos de segunda mano o tercera. Me atendió un tipo desdentado calvo y bizco, con una enorme pelambrera amazónica bajo sus sobacos, varios micos chepudos y velludos colgaban en ristre de sus filamentos pilosos, como si de lianas se tratase.
-A la pá de dio, ¿Qué dezea uztez?
-Quiero unas entrañas a buen precio, pero que sean compatibles.
-¡Ezo ezta ezho!
Se abrió en canal con un cortaplumas, y me las ofreció a 50 céntimos.
-Son algo caras. Le dije
-Zinco euroz y zon zuyaz –me respondió
-Solo tengo 20 euros –le respondí hábilmente.
-¡30 euroz y eztamo en pa!
Accedí a sus peticiones y rápidamente me las envolvió para regalo, al salir escuché un estrepitoso estruendo, como cuando cae un cochino recién muerto. Viré mi cabeza y allí yacía en el suelo, parecía cansado por el color difuso de su sangre, me despedí amablemente con un puntapié en su rostro y cerré la puerta de un portazo, proseguí mi camino a la reunión.
Los copos de nieve caían ralentizados formando capas sobre la atmosfera. Busqué en mis bolsillos el paquete de tabaco, estaba prohibido fumar en la calle, pero me apetecía inhalar de aquel humo azulado. Introduje el cigarrillo en el oído izquierdo, lo encendí y escuché como entraba el humo, dándome un placer musical incomparable a nada en este mundo, mientras caminaba a la pata coja para llegar antes a mi destino, ya que cerraban a las nueve y media y las agujas de mi reloj de cuco, marcaban las once en punto.
Un jilguero yacía agonizante sobre una tabla de surf, me acerqué a él con la curiosidad de quien descorcha una botella de mejillones de doce años.
-Señor… ayúdeme, no consigo maniobrar, estoy anclado en esta calzada –me dijo aquel pichón, con su timbre descolonizador.
-Las santas escrituras no permiten que navegues, por algo dios, te proporcionó alas -le recriminé.
-Señor yo soy ateo y como buen ateo, debo advertirle que según Jesús de Nazaret, ayudaras a tu padre y a tu madre en lo bueno y en lo peor,
-¡Bendito seas bicho con plumas! Ahora mismo te abro un pantano para que reemprendas tu camino.
Y así hice, el saco de plumas despegó con majestuosidad y mientras volaba con su reluciente tabla de surf, depositó sobre mi cabeza una colorida defecación a modo de agradecimiento, pasé mi mano por ella y la saboree con dedicación, excelente cosecha pensé
Ya en mi destino divisé el emplazamiento de la reunión, todo un solar con sillas dispuestas para los socios del club, nadie reposaba sobre ellas, en el escenario, Venancio el principal director ejecutivo, parloteaba a su público inexistente sin palabras ni voz, un discurso para nada encomiado por los allí presentes, no advirtió mi presencia, hasta pasadas cuatro horas de oración. Me saludo efusivamente con un gran gargajo verdoso que me pringo directo en un ojo, cegándome por completo para el resto de mis días, le elogie por su buena disposición y como compensación le degollé con un folio DINA 4
Nos despedimos hasta la próxima cercana reunión, que jamás seria celebrada.
